Por qué…

Posteado en Personal con etiquetas , , sobre Junio 14, 2009 por Seth Fortuyn

A veces me pregunto por qué demonios sonrío cuando entro a trabajar. Sí, he dejado de estar de baja. Así que me apeo del autobús, me preparo para apagar el MP3 despidiéndome con alguna canción (ahora mismo me cautiva “Dreaming of You” de The Coral) y cruzo las puertas automáticas del DIA sonriendo y saludando a todo el mundo.

En mi interior, una vocecita se amarga. “Esto no es duradero, poco te debería importar esta gente”, dice. “Con suerte, en julio ya no tienes que ver a ninguno de estos”, exclama cuando bajo al vestuario. “La jefa exprime a sus trabajadores y desprecia el trabajo hecho como si aquí no se hiciera nada…” susurra “… mientras todos, incluido tú, se parten los cuernos”. Luego está el asunto laboral, claro: tengo un contrato fijo, un estatus casi de lujo viendo el panorama actual.

Pero estoy decidido a arriesgarme, y en cuanto me salga un trabajo de algo más interesante que mover mercancía de un lado para otro me piro. Lo único que tendría que hacer sería rescatar de mi taquilla un rollo de papel con un relato, de lo poquito que me anima el curro de vez en cuando: a veces, cuando veo que me sobra un poco de tiempo, saco un rollo de papel de las cajas y me pongo a escribir en él, en una versión casera, cajera y cutre del rollo que usó Kerouac para “En el camino”. Un día le echo alguna foto.

Mientras tanto, sonrío.

La suavidad del limpiador – Cleaner

Posteado en Cine con etiquetas , , , , , sobre Junio 12, 2009 por Seth Fortuyn

Cleaner

Hace cinco años que no veía una nueva película de Renny Harlin, aunque después de “Cazadores de mentes” (2004)  estrenara tanto “El Exorcista: El comienzo“(2004) como “La alianza del mal” (2006), la primera por pereza y la segunda porque sí. Sin embargo, “Cleaner” nos llega con retraso a la cartelera (es del 2007), presumiblemente con el ojo puesto en el estreno de “12 rounds” en nuestro país después de su éxito en los Estados Unidos.

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Terminator: Salvation

Posteado en Cine con etiquetas , , , , , , , , sobre Junio 9, 2009 por Seth Fortuyn

Como era de esperar, al poco de estrenarse la nueva entrega de “Terminator” fui a verla, fan como soy de las otras tres. Un momento, ¿de las tres? Es lo que algunos me preguntan, ¡como si la tercera fuera mala! Creo que “Terminator: La rebelión de las máquinas” está criminalmente infravalorada, por el simple hecho de atreverse a dejar un poco el tono solemne, y decidirse por cierto aspecto desacralizador: no había más que ver a Arnie con aquellas festivas gafas de sol. El problema es que todo el mundo esperaba algo oscuro y guay, como James Cameron, y se encontraron con una película que no se limitaba al guiño cómplice, sino que se burlaba de las anteriores; creo también que no se le perdona atreverse a dar el paso definitivo: tanto “Terminator” como “Terminator 2” trataban de evitar un futuro que, con la tercera, se demostró que era inevitable y terminaba cumpliéndose. Dejarse de circunloquios y atreverse a mostrar lo que Cameron sólo sugirió fue lo que terminó de irritar a sus detractores.

Pero vamos con esta película, supuestamente la primera de una nueva trilogía.

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La magia del cine

Posteado en Cine, Divagaciones, Personal con etiquetas , , , , , , sobre Junio 7, 2009 por Seth Fortuyn

Ahora que me encuentro estudiando Comunicación Audiovisual, veo más cine que nunca y me fijo en sus detalles más que nunca. Por eso, no es raro que mis colegas de carrera me vean entrar en clase con alguna frase lapidaria del tipo “Wanted es maravillosa, y tiene tantas virtudes que no sabría por donde empezar. Pero me quedo con una: en sus últimos dos minutos resume TODA la película con un disparo. Superad eso, directores pedantes de pacotilla”. Estoy hablando de mil películas a la vez, que si “Con Air” es magnífica, que si “Comando” esto, “Rambo” lo otro, “Crank” es la mejor película basada en los videojuegos…

Visto así, es lógico que cualquiera piense que el motivo por el que yo quisiera hacer cine es por las películas de acción que me llevo tragando toda mi vida. Diablos, hasta el corto que tuve que hacer para una asignatura incluye una persecución:

Pero no, el verdadero motivo es esta película:

Se trata de “El Mago de la Velocidad y el Tiempo“, de 1986. Una cinta que sólo vi una vez de pequeño pero que siempre me dejó marcado, hasta el punto de que me costó encontrar el nombre. Lo único que recordaba era a un tío de verde corriendo y haciendo locuras por el mundo. Por fin, encontré en Youtube el video, junto al corto original de 1979 que Michael Jittlov hizo:

Y cuando lo veo, comprendo la magia del cine. Tengo un colega en clase que dice que cuando ve una peli de Godard se siente vivo, algo que no comparto (he visto “Weekend“, “Alphaville” y “Al final de la escapada“, y la última fue la única que no me hizo desear estar muerto), pero que puedo estrapolar. Mirad los videos, la cara de alegría de Jittlov, el entusiasmo que rezuma por todos sus fotogramas. Los efectos especiales están hechos con la técnica de Stop Motion, hoy rara avis salvo que sea una película de la factoría Aardman (los de “Wallace y Gromit“), que junto a la imagen avejentada, tan de videoclub, me retrotraen a mi infancia. Observar estos videos consiguen que tenga ganas de salir a la calle y mirar al cielo con las manos en alto; me sacan de cualquier depresión; me animan a seguir adelante con cualquier proyecto que pueda tener entre manos.

¿Y vosotros? ¿Tenéis alguna película que os haga exclamar “Yo querría hacer ESTO”?

Premio Booket – La Tempestad (III)

Posteado en Booket, Divagaciones, Gilipolleces, Personal, Qué mundo, Webs que visito con etiquetas , , , , , , , , , , , sobre Junio 4, 2009 por Seth Fortuyn

Los trabajadores de la editorial, los eminentes miembros del jurado, alguna otra persona cuya función nunca me quedó clara, se dispusieron a presentar o aplaudir la ceremonia de entrega del Premio Booket. ¿Todos? ¡No! Un grupo de irreductibles literatos se resistió a regalarnos su presencia, concretamente Lorenzo Silva y Juan Manuel de Prada, por incompatibilidades de agenda (y eso que la ceremonia ya fue atrasada una semana para facilitar la asistencia del jurado).

Subió al estrado José Ángel Mañas, un tipo con cara muy de presentárselo a tu abuela como tu mejor amigo o como el novio definitivo, el del anillo y el cheque bebé. Escribió “Historias del Kronen”, historia de la que sólo conozco el cartel de la película, ese de uno o dos chavales colgados de un puente sobre una autopista. Recuerdo que el año pasado uno de mis conversadores eventuales en la ceremonia del 5º aniversario del Booket quiso pedirle un autógrafo, pero no sé si porque es guapo o porque escribe bien. Mañas se arrimó al micrófono y dijo, más o menos, que una parte del jurado había considerado los relatos de este año con un nivel bastante más bajo que el de años pasados, algo que he comprobado al leer por encima el libro editado para esta convocatoria, pues todavía no he encontrado a nadie que haya mentado a Dostoievski.

Por un segundo, me imaginé a Juan Manuel de Prada y a Lorenzo Silva haciendo un comunicado de prensa el día después. Los titulares: Lorenzo Silva y Juan Manuel de Prada levantan polémica en el premio Booket. “Es que el nivel de este año era prácticamente subterráneo”, arguyó de Prada cuando fue preguntado.  Después mi imaginación se deterioró y se transformó en un recuerdo. Un mes atrás, fui a comprar cómics cuando me encontré al gigantesco escritor en la calle. En concreto, en la calle San Bernardo, de aceras estrechitas. Iba acompañado de una señorita muy delgada que emitía colores amarillos y rojos a través del pelo y los labios, respectivamente. Cuando le reconocí de lejos pensé en saludarle y decir algo como “Ey, nos vemos el día del Booket”, pero visto el resultado me alegro de que me quedara mudo.

Apenas podía respirar. Tenía el estómago lleno de ratas que pugnaban por salir, y goterones fríos me recorrían como si estuviera sudando en medio de un camión frigorífico. ¿Sería yo el ganador? Cómo lo deseaba. Por muy humilde que seas, siempre te pones en lo mejor, aunque sólo sea por un momento, y te imaginas divertidos discursos; cuando era pequeño lo hacía a menudo: me imaginaba como futbolista, diciendo “Cobro una millonada y ni siquiera tengo que entrenarme con tanta exigencia como un atleta olímpico, ¿cómo voy a quejarme de que el míster no me saque en el partido?”. De pie, con la creciente sensación de que las manos me sobraban (y eso que las utilizo a menudo), las imágenes de Juan Manuel de Prada se alternaban con mi propia estampa como ganador del Booket. Mi cerebro estaba extraordinariamente ocupado en pensar gilipolleces, y una pequeña parte de mí consideró que ya me merecía un premio como aquel. Los seis mil euros, en mis manos, no se dilapidarían en comprar una moto de mierda, o la entrada de un coche, o cientos de libros y cómics y juegos… ese dinero significaba un doble pasaporte para mí: por un lado, la posibilidad de dejar mi trabajo en el DIA y tirarme un año sabático como una parte de los universitarios; por otro, seguir los pasos de Marc Soto y traducir algún relato mío para mandarlo a Estados Unidos.

El procedimiento lo conocía muy bien: consiste en llamar a los finalistas uno a uno y dejar para el final al ganador. Los nombres se sucedieron, y mis probabilidades aumentaron. El sueño parecía a punto de cumplirse. Cerré los ojos, listo para volar de alegría, y me pegué la hostia: Adrián Álvarez, finalista por su relato “Sigo vivo”. Di un pequeño golpe en el muslo de Lidia, dibujé un gesto de decepción tristona y subí al escenario a cumplir con entereza mi papel. Los nervios se disiparon como si me hubieran abierto la cabeza y hubieran soplado dentro; las ratas huyeron en busca de estómagos más tensos; y una pequeña parte de mí seguía pensando que me lo merecía.

Luego me picó la orquiepididimitis y me tapé con el diploma (el cual, por cierto, no habían recortado, quedándose en un monstruoso DIN A3 o tamaño similar: preguntad a mi novia, que es la que entiende de eso). Como se suele decir, no hay mal que por bien no venga.

Premio Booket – La tempestad (II)

Posteado en Booket, Divagaciones, Gilipolleces, Personal, Qué mundo con etiquetas , , , , , , , , sobre Mayo 30, 2009 por Seth Fortuyn

El famoso salón de actos era un lugar muy amplio, en el que había unos cuantos sillones en fila situados en dos de los cuatro lados de la estancia. Había varias personas sentadas, todos rivales antes de que el jurado nos señalara con el dedo y eligiera a uno de nosotros para cubrirse de gloria. Lidia y yo entramos y nos quedamos en un sillón, y por el camino no dejaba de pensar en si toda esa gente se fijaría en mi forma de andar. Me siento ridículo andando, tengo la impresión de que todo el mundo me observa y se ríe.

Una vez sentados, le echamos un vistazo al panfleto que nos habían entregado. Después de varios meses con la incógnita, descubrí el nombre de mis competidores y el título de sus respectivos trabajos. En plan de broma, y para quitarle algo de peso a esa bola de nervios que se formaba en mi frente como si fuera un adolescente con graves problemas de acné, le di un codazo a Lidia y le comenté:

- ¿Sabes qué? No tengo nada que hacer contra “Una deslumbrante muestra de esplendor heterogéneo”.

No había leído el relato, pero el título me pareció singularmente atroz, más que nada porque me imaginaba que lo protagonizaría una persona apática contemplando una tostada y con su infancia en mente, cuando papá jugaba a cosquillas por debajo del pantalón. Más tarde se me cayó el mito al leer que el cuento va del circo (no hay más comentarios al respecto).

El tiempo pasaba, y a las 12 de la mañana comenzaron a sumarse los minutos con más lentitud, como en una cita para el médico. Cada uno de los segundos de la espera me abofeteaba, no sabía qué hacer para tranqulizarme. Oh, por fuera me mantenía bastante quietecito, pero mis tripas se movían como si tuvieran el síndrome de Tourette. A las doce y media, una de las estupendas chicas del Booket vino a la sala y nos dijo a todos los nerviosos participantes que en cinco minutos empezaría el acto.

- ¿Cinco minutos más? – pensé.
- ¿Te quieres callar? – dijo Lidia.
Parece que en realidad estaba hablando.

¿Qué es lo que hacen las personas mientras esperan? Se dedican a mirarse los unos a los otros. A veces lo comentas con quien te acompaña, otras te lo guardas para no resultar soez, pero todo es mejor que mirarte a ti mismo y corroborar que estás hecho un flan con pezones. Fijaos en el metro, en un vagón abarrotado. Los ojos pasan de los mapas de líneas a las ventanas, y cuando se dan cuenta de que al otro lado de los cristales sólo puede haber tuberías y tortugas ninja, posan sus ojos en los demás. No falla: en cuestión de segundos, se forman complicidades (”Éste huele fatal” dicen unos ojos marrones, “Tiene pinta, sí, sobre todo por la costra del pelo”, contestan unos ojos azules), enemistades (”Perra, ¿por qué estás más delgada que yo?”) y amores platónicos (”¿Eso es relleno? Da igual. Está tremenda cuando se muerde el labio al pasar de página”), junto a incómodos momentos que, a juzgar por la reacción del que mira, que aparta sus ojos como si le hubieran pillando mirando un accidente de tráfico con la boca abierta, simplemente significan “Eh, perdona que te mire, pero la Tortuga Ninja me la perdí dos estaciones más atrás”.
Pero yo no me fijaba en el aspecto físico de los demás, sino en sus acompañantes. La mayoría iban acompañados por más de una persona. Recordé que desde Booket me dijeron que la ceremonia era para el finalista y un acompañante, algo que cumplí a rajatabla. Me acordé de mi madre cuando le dije que no iría, porque sólo podía ir una persona y quería que fuera Lidia, decisión fundamentada en que mi madre ya me acompañó cuando fui finalista en la edición del 2005. Estuve a punto de levantarme y disculparme, soltar algo como “Perdonen, me olvidé a mi madre en casa: ahora vuelvo”, pero la ceremonia dio comienzo justo en ese momento.

Premio Booket – La tempestad (I)

Posteado en Booket, Divagaciones, Gilipolleces, Personal, Qué mundo con etiquetas , , , , , , , sobre Mayo 30, 2009 por Seth Fortuyn

Esta entrada me la debía pero por culpa de los exámenes no he podido agarrar el teclado. Debe ser la primera vez desde… desde siempre, joder, que he sido un mal estudiante de cojones; debe ser la primera vez que le dedico tanto tiempo a preparar los exámenes. Me sorprendo a mí mismo levantándome temprano, yendo a la biblioteca y leyendo apuntes bastante tiempo antes del fatal día. Y luego está la muy satisfactoria sensación de hacer un examen sin nervios, sin miradas al techo ni “esperaré a que ese entregue para dar mi examen”.

Volvamos al Booket. El pasado miércoles se celebró la entrega del premio Booket en la famosa residencia de estudiantes donde estuvieron Lorca, Dalí, Buñuel… aunque al principio no lo sabía. Por vete a saber qué motivo, siempre había pensado que esa residencia se encontraba en algún lugar de la costa, y eso que me tragué la miniserie de Severo Ochoa protagonizada por Imanol Arias.
Fui con mi novia, Lidia.

El primer obstáculo vino cuando comprobamos que no teníamos ni reputísima idea de dónde era la ceremonia. En la invitación sólo constaba la dirección, y para colmo la propia residencia estaba medio escondida en su calle; es un sitio bastante grande y visible desde una buena distancia, pero si te dicen que es el 21 y ves pasar los números de la calle sin tener nada claro, es lógico sentirse nervioso. Miras a un lado y a otro y dices “Eh, ahí tienen el 18, y más adelante el 20 y el 22, ergo tenemos que ir hacia arriba… pero un momento, frente al 22 no está el número 21, sino la imponente Embajada Americana”. Comienzas a sentirte incómodo, en mi caso la paranoia empezó a tocar campanas dentro de mi cabeza y a susurrarme delirios de los mundos de Bourne: al pasar junto a la embajada, creí que me estaban escaneando el aspecto, las huellas, el ADN, los dientes… joder, en mi delirio había hasta escáner de rayos X, “¡Caramba!, este tío tiene un esqueleto tremendo”.
Y eso no fue lo mejor, porque una vez encontrada la residencia tuvimos que hallar el lugar donde se celebraba el evento. Crees que las cosas mejoran cuando un cartel enorme te dibuja un plano del lugar y te dice “Salón de actos” como si fuera un mapa del tesoro. Y no es así. El camino se bifurcaba y no había indicación alguna, y me tocó elegir entre el camino desierto de la izquierda o el camino de la derecha, con una mujer andando por él. Así que me emperré en seguir mi instinto de conductor en la niebla, ese sexto sentido atávico que te lleva a pensar que, si sigues a alguien, por muy desconocido que sea lo que tienes delante no estás perdido. El de delante siempre lo sabe, de eso no puedes tener ninguna duda.  Curiosamente, detrás de nosotros había una familia que debía de pensar exactamente lo mismo, y que también se dirigía al evento (¡Hola Ana!).
Por desgracia, la mujer que era mi guía resultó trabajar para el servicio en uno de los edificios que componen la residencia, y nos quedamos medio varados en mitad de ninguna parte. ¿Y qué es lo que ocurre cuando te quedas sin guía? Sigues adelante. Caminas sin parar. Si lo que buscas no está delante, que te lo pongan, que para eso estás realizando el esfuerzo de poner un pie delante del otro. Así parece que haces algo, cuando la mayoría de las veces sólo consigues perderte más y más.
Lidia se estaba impacientando, y me preguntaba si yo sabía qué cojones estaba haciendo. Mi orgullo masculino añadía tonos graves a la voz mientras contestaba “Claro que sé a dónde voy… ¿es que no ves que sigo andando?”. Algo de suerte me debía de quedar, porque nos encontramos con otro de los finalistas, el cual SÍ se sabía el camino.

Por fin llegamos al lugar. Cuando salimos de allí, dos horas y una decepción más tarde, Lidia y yo descubrimos que si hubiera escogido el camino de la izquierda habríamos tardado menos de cinco minutos en alcanzar el dichoso salón de actos.
Mierda, pensé.
Te dije que teníamos que haber ido por la izquierda, dijo Lidia.

La errónea campaña de Simyo

Posteado en Divagaciones, Gilipolleces, Qué mundo, Videorarezas con etiquetas , , , , , , sobre Mayo 26, 2009 por Seth Fortuyn

El otro día, agotado por culpa de una mañana intensa de estudio y examen, me senté en el sofá. Llevaba toda la mañana pensando y mi cerebro pedía desconectar un poco, cortar un cable aquí, echar agua sobre los fusibles, esas cosas. Así que encendí la tele.

Aunque cada vez menos, la llaman la caja tonta. No sé por qué, si tenemos en cuenta que a poco que se sea un poco observador la televisión te proporciona emocionantes debates sobre sus contenidos. Tomemos como ejemplo el nuevo anuncio de Simyo:

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El premio Booket – la calma…

Posteado en Divagaciones, Personal con etiquetas , , sobre Mayo 26, 2009 por Seth Fortuyn

Mentiría si dijera que en estos momentos no estoy nervioso. Estoy como un colegial al que acaban de regalar un preservativo y no sabe en qué cabeza ponérselo: excitado, nervioso, con un constante sentimiento de incredulidad ante lo que le está pasando.

En el 2006, cuando empecé la carrera de Biblioteconomía, conseguí ser un finalista del Premio Booket Universitario, un certamen del que ya había oído hablar en mis tiempos de estudiante de instituto. La historia os la he contado muchas veces: después de aquello, intenté infructuosamente volver a ser un finalista. Junto a mi constancia (he participado todos los años), he mantenido la intención de presentar algo realmente original al concurso, desde una reinterpretación de los íncubos hasta una, parcialmente fallida, historia de serie negra ambientada en un instituto.

Y este año me vi presentando una feliz insensatez. No tenía muchas esperanzas en ella, y si véis posts atrasados comprobaréis que incluso prometí colgarlo en formato PDF en cuanto tuviera la certeza de no haber sido elegido para el certamen. Tal momento, claro, nunca llegó porque conseguí colarme en las quinielas.

Desde el momento en que supe mi estatus de finalista, he vivido estos días con despreocupación, como una fecha de la muerte eternamente lejana. Invariablemente, el resultado del certamen ocurría “mañana”. Y hoy tengo ese mañana por delante y mis defensas están desarmadas. No me malinterpretéis: estoy contentísimo. Pero hasta hace nada, podía imaginarme cualquier futuro posible respecto al fallo del jurado: mañana las ensoñaciones quedarán atrás, con dos únicas posibilidades: o gano una considerable cantidad de dinero o renuevo mi estatus de finalista.

Bah, adios palabrería: estoy hecho un puto flan. Mañana posteo el resultado.

Crítica: Lobezno Orígenes

Posteado en Cine, Divagaciones, Qué mundo, Webs que visito con etiquetas , , , , , , , , , , , sobre Mayo 4, 2009 por Seth Fortuyn

Lobezno: Orígenes” se estrenó el pasado viernes y ya está resultando todo un éxito, pero no sé hasta qué punto continuará así. La impresión general es que la película no me terminó de hacer gracia. Pienso en ella, pienso en algunos de sus detalles y sonrío, y luego pienso en otras escenas o el desarrollo de las mismas y me entran ganas de echarme a llorar. Agarraos los machos, pasad el detector de metales y contened el aliento: quejas y espoilers dentro.

Y Lobezno miró al techo, y maldijo que el factor curativo pasara olímpicamente de las almorranas. "Por Dios, una solución quiero". Y Dios, experto en dar, le dio las garras.

Y Lobezno miró al techo, y maldijo que el factor curativo pasara olímpicamente de las almorranas. "Por Dios, una solución quiero". Y Dios, experto en dar, le dio las garras.

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