Los trabajadores de la editorial, los eminentes miembros del jurado, alguna otra persona cuya función nunca me quedó clara, se dispusieron a presentar o aplaudir la ceremonia de entrega del Premio Booket. ¿Todos? ¡No! Un grupo de irreductibles literatos se resistió a regalarnos su presencia, concretamente Lorenzo Silva y Juan Manuel de Prada, por incompatibilidades de agenda (y eso que la ceremonia ya fue atrasada una semana para facilitar la asistencia del jurado).
Subió al estrado José Ángel Mañas, un tipo con cara muy de presentárselo a tu abuela como tu mejor amigo o como el novio definitivo, el del anillo y el cheque bebé. Escribió “Historias del Kronen”, historia de la que sólo conozco el cartel de la película, ese de uno o dos chavales colgados de un puente sobre una autopista. Recuerdo que el año pasado uno de mis conversadores eventuales en la ceremonia del 5º aniversario del Booket quiso pedirle un autógrafo, pero no sé si porque es guapo o porque escribe bien. Mañas se arrimó al micrófono y dijo, más o menos, que una parte del jurado había considerado los relatos de este año con un nivel bastante más bajo que el de años pasados, algo que he comprobado al leer por encima el libro editado para esta convocatoria, pues todavía no he encontrado a nadie que haya mentado a Dostoievski.
Por un segundo, me imaginé a Juan Manuel de Prada y a Lorenzo Silva haciendo un comunicado de prensa el día después. Los titulares: Lorenzo Silva y Juan Manuel de Prada levantan polémica en el premio Booket. “Es que el nivel de este año era prácticamente subterráneo”, arguyó de Prada cuando fue preguntado. Después mi imaginación se deterioró y se transformó en un recuerdo. Un mes atrás, fui a comprar cómics cuando me encontré al gigantesco escritor en la calle. En concreto, en la calle San Bernardo, de aceras estrechitas. Iba acompañado de una señorita muy delgada que emitía colores amarillos y rojos a través del pelo y los labios, respectivamente. Cuando le reconocí de lejos pensé en saludarle y decir algo como “Ey, nos vemos el día del Booket”, pero visto el resultado me alegro de que me quedara mudo.
Apenas podía respirar. Tenía el estómago lleno de ratas que pugnaban por salir, y goterones fríos me recorrían como si estuviera sudando en medio de un camión frigorífico. ¿Sería yo el ganador? Cómo lo deseaba. Por muy humilde que seas, siempre te pones en lo mejor, aunque sólo sea por un momento, y te imaginas divertidos discursos; cuando era pequeño lo hacía a menudo: me imaginaba como futbolista, diciendo “Cobro una millonada y ni siquiera tengo que entrenarme con tanta exigencia como un atleta olímpico, ¿cómo voy a quejarme de que el míster no me saque en el partido?”. De pie, con la creciente sensación de que las manos me sobraban (y eso que las utilizo a menudo), las imágenes de Juan Manuel de Prada se alternaban con mi propia estampa como ganador del Booket. Mi cerebro estaba extraordinariamente ocupado en pensar gilipolleces, y una pequeña parte de mí consideró que ya me merecía un premio como aquel. Los seis mil euros, en mis manos, no se dilapidarían en comprar una moto de mierda, o la entrada de un coche, o cientos de libros y cómics y juegos… ese dinero significaba un doble pasaporte para mí: por un lado, la posibilidad de dejar mi trabajo en el DIA y tirarme un año sabático como una parte de los universitarios; por otro, seguir los pasos de Marc Soto y traducir algún relato mío para mandarlo a Estados Unidos.
El procedimiento lo conocía muy bien: consiste en llamar a los finalistas uno a uno y dejar para el final al ganador. Los nombres se sucedieron, y mis probabilidades aumentaron. El sueño parecía a punto de cumplirse. Cerré los ojos, listo para volar de alegría, y me pegué la hostia: Adrián Álvarez, finalista por su relato “Sigo vivo”. Di un pequeño golpe en el muslo de Lidia, dibujé un gesto de decepción tristona y subí al escenario a cumplir con entereza mi papel. Los nervios se disiparon como si me hubieran abierto la cabeza y hubieran soplado dentro; las ratas huyeron en busca de estómagos más tensos; y una pequeña parte de mí seguía pensando que me lo merecía.
Luego me picó la orquiepididimitis y me tapé con el diploma (el cual, por cierto, no habían recortado, quedándose en un monstruoso DIN A3 o tamaño similar: preguntad a mi novia, que es la que entiende de eso). Como se suele decir, no hay mal que por bien no venga.