La cara oculta

Recuerdo hace un par de años que me propuse algo inaudito para mí: escribir relatos eróticos. Como siempre he sido un curioso, y creo haber golpeado con mis letras los géneros más comunes, pero tenía la espinita clavada con ese género. Eran varias cosas las que me echaban atrás.

Por un lado, estaba la sensación de estar haciendo el ridículo. El sexo hay que saber describirlo, y más en un relato erótico. Claro que puedes ponerte en plan Bukowsky y decir “el tío le metió el troncho a la chica, que se retorció de placer en una sábana con olor a tabaco”, pero me sentía estúpido describiendo la fisicidad del acto. De alguna manera, creía que la gente me sañalaría con el dedo y se reiría con cada una de mis cosas.

Una vez superado el ridículo, quedaba la asignatura pendiente: no tenía ni idea de por donde empezar. Mis lecturas eróticas eran prácticamente nulas, y lo poco que había leído no pertenecía al género, sino que eran párrafos esporádicos de historias que pertenecían a otras temáticas. Me dediqué a repasar entonces un par de libritos eróticos que regalaron con El Mundo años ha, leer un poco de la novela original de Emmanuelle y a leer los Penthouse y Playboy que había por casa, atento a sus relatos y las cartas de los lectores, que también son relatos.

Total, que una vez cogida algo de formación, hice mi primer relato deliberadamente sexual: Engañado por la televisión. Era humorístico y tenía ese punto de mala leche que tanto me gusta introducir. Y el resultado me gustó: no sentí estar haciendo el ridículo al describir actos sexuales, imágenes eróticas.

Así que me puse de nuevo a escribir, ¡no podía creer lo que estaba haciendo! Básicamente, cogí el género y lo llevé en parte a mi terreno, a lo fantástico, al realismo mágico sucio. Y desde entonces, no he vuelto.

¿Por qué? Podría hacer varias historias, pero no las considero originales. Ése es el quiz de la cuestión, que el género está saturado de hombres infieles, mujeres sexualmente liberadas, intercambios… y destellos de originalidad, de vez en cuando. Quizás porque en el fondo, es un hombre con un pene y una mujer con una vagina: mézclese, repita o elimine uno de los elementos y añádale mordiente porque, eso sí, un relato erótico DEBE, POR COJONES, ser fluido.

Antes de saturarme, de hacer cualquier cosa, prefiero no hacerlo. Cuando se me vuelva a ocurrir alguna idea buena, volveré al género porque es divertido de escribir; de momento, sólo tengo ideas tan ridículas que valdrían para una película porno y ya. Y es que, recordad, que en un relato erótico no hay botón de avanzar.

Perfil en Todorelatos.com

Seda - estoy particularmente orgulloso de la descripción, tan gráfica, del dolor y del placer. Por lo demás, es un relato sin muchas pretensiones.

Engañado por la televisión – me quedo gracioso. No es estrictamente erótico, pero tiene pasajes de voltaje medio.

El Encuentro - aquí es donde me solté el pelo. Decidí llevar el relato a lo fantástico, espero que con éxito. Es mi particular reinterpretación del mito del súcubo.

Ajustable – soy el primero en reconocer que este relato se pasa un par de veces de rosca. De vez en cuando tengo alguna idea loca y no paro hasta llevarla hasta sus últimas consecuencias. En este caso, un hombre que gracias al Diablo, consigue un pene de tamaño ajustable. Hay dos cosas de las que me siento orgulloso: la descripción de la prostituta y de su peculiar habilidad, y del último párrafo.

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