Premio Booket – La tempestad (I)

Esta entrada me la debía pero por culpa de los exámenes no he podido agarrar el teclado. Debe ser la primera vez desde… desde siempre, joder, que he sido un mal estudiante de cojones; debe ser la primera vez que le dedico tanto tiempo a preparar los exámenes. Me sorprendo a mí mismo levantándome temprano, yendo a la biblioteca y leyendo apuntes bastante tiempo antes del fatal día. Y luego está la muy satisfactoria sensación de hacer un examen sin nervios, sin miradas al techo ni “esperaré a que ese entregue para dar mi examen”.

Volvamos al Booket. El pasado miércoles se celebró la entrega del premio Booket en la famosa residencia de estudiantes donde estuvieron Lorca, Dalí, Buñuel… aunque al principio no lo sabía. Por vete a saber qué motivo, siempre había pensado que esa residencia se encontraba en algún lugar de la costa, y eso que me tragué la miniserie de Severo Ochoa protagonizada por Imanol Arias.
Fui con mi novia, Lidia.

El primer obstáculo vino cuando comprobamos que no teníamos ni reputísima idea de dónde era la ceremonia. En la invitación sólo constaba la dirección, y para colmo la propia residencia estaba medio escondida en su calle; es un sitio bastante grande y visible desde una buena distancia, pero si te dicen que es el 21 y ves pasar los números de la calle sin tener nada claro, es lógico sentirse nervioso. Miras a un lado y a otro y dices “Eh, ahí tienen el 18, y más adelante el 20 y el 22, ergo tenemos que ir hacia arriba… pero un momento, frente al 22 no está el número 21, sino la imponente Embajada Americana”. Comienzas a sentirte incómodo, en mi caso la paranoia empezó a tocar campanas dentro de mi cabeza y a susurrarme delirios de los mundos de Bourne: al pasar junto a la embajada, creí que me estaban escaneando el aspecto, las huellas, el ADN, los dientes… joder, en mi delirio había hasta escáner de rayos X, “¡Caramba!, este tío tiene un esqueleto tremendo”.
Y eso no fue lo mejor, porque una vez encontrada la residencia tuvimos que hallar el lugar donde se celebraba el evento. Crees que las cosas mejoran cuando un cartel enorme te dibuja un plano del lugar y te dice “Salón de actos” como si fuera un mapa del tesoro. Y no es así. El camino se bifurcaba y no había indicación alguna, y me tocó elegir entre el camino desierto de la izquierda o el camino de la derecha, con una mujer andando por él. Así que me emperré en seguir mi instinto de conductor en la niebla, ese sexto sentido atávico que te lleva a pensar que, si sigues a alguien, por muy desconocido que sea lo que tienes delante no estás perdido. El de delante siempre lo sabe, de eso no puedes tener ninguna duda.  Curiosamente, detrás de nosotros había una familia que debía de pensar exactamente lo mismo, y que también se dirigía al evento (¡Hola Ana!).
Por desgracia, la mujer que era mi guía resultó trabajar para el servicio en uno de los edificios que componen la residencia, y nos quedamos medio varados en mitad de ninguna parte. ¿Y qué es lo que ocurre cuando te quedas sin guía? Sigues adelante. Caminas sin parar. Si lo que buscas no está delante, que te lo pongan, que para eso estás realizando el esfuerzo de poner un pie delante del otro. Así parece que haces algo, cuando la mayoría de las veces sólo consigues perderte más y más.
Lidia se estaba impacientando, y me preguntaba si yo sabía qué cojones estaba haciendo. Mi orgullo masculino añadía tonos graves a la voz mientras contestaba “Claro que sé a dónde voy… ¿es que no ves que sigo andando?”. Algo de suerte me debía de quedar, porque nos encontramos con otro de los finalistas, el cual SÍ se sabía el camino.

Por fin llegamos al lugar. Cuando salimos de allí, dos horas y una decepción más tarde, Lidia y yo descubrimos que si hubiera escogido el camino de la izquierda habríamos tardado menos de cinco minutos en alcanzar el dichoso salón de actos.
Mierda, pensé.
Te dije que teníamos que haber ido por la izquierda, dijo Lidia.

Una respuesta para “Premio Booket – La tempestad (I)”

  1. Je je je…y nosotros confiando ciegamente en tu orientación… ;)

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